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miércoles, 17 de noviembre de 2010

Italo - ciudades invisibles

Polo- El infirno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo dudar, y darle espacio.

sábado, 27 de junio de 2009

EL BuiTrE

Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya me había destrozado los zapatos y los calcetines, y ahora ya me picoteaba los pies. Siempre daba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego continuaba su obra. Llegó un señor, se quedó mirando un momento y me preguntó por qué aguantaba yo al buitre.

-Estoy desamparado -le dije-; llegó y comenzó a darme picotazos; yo traté de espantarlo y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy salvajes y quería írseme a la cara. Decidí sacrificar mis pies; ahora casi me los ha destrozado.
-No se deje sacrificar -dijo el señor-; basta un tiro y el buitre se terminó.
-¿Cree usted? -pregunté-, ¿quiere ayudarme en este trance?
-Con mucho gusto -dijo el señor-; sólo tengo ir a casa a buscar el revólver, ¿podrá usted aguantar media hora más?
-No lo sé -respondí, y por un momento quedé rígido de dolor; luego añadí-: por favor, inténtelo de todas maneras.
-Bien -respondió el señor-, voy a apurarme con mi revólver.


El buitre había escuchado con calma nuestro diálogo, mirándonos al señor y a mí. De repente me di cuenta que había entendido todo; voló un poco, retrocedió para darse el impulso necesario, y como un atleta que arroja la jabalina ensartó el pico en mi boca, hasta el fondo. Al irme de espaldas sentí como me liberaban; que en mi sangre, que llenaba todas las profundidades y que rebasaba todos los límites, el buitre, inexorablemente, se ahogaría.

jueves, 2 de octubre de 2008

Zygmunt Bauman

“¿Quieres seguridad?
Dame tu libertad, o al menos
un buen trozo de ella. ¿Quieres confianza?
No confíes en nadie fuera de nuestra comunidad.
¿Quieres entendimiento mutuo? No hables a extraños ni
utilices idiomas extranjeros. ¿Quieres esta acogedora sensación
hogareña? Pon alarmas en tu puerta y cámaras... en tu calle. ¿Quieres
seguridad? No dejes entrar a extraños... ¿Quieres calidez?
No te acerques a ventanas, y nunca abras una. La desventaja
es que si sigues este consejo y mantienes selladas las
ventanas, el aire de dentro pronto se viciará y
terminará haciéndose opresivo.”

martes, 27 de noviembre de 2007

¿Quién soy?

-¿Quién eres tú?
No era un comienzo alentador. Alicia contestó, bastante intimidada:
-Yo... yo ya ni sé quién soy... al menos sabía quien era cuando me levanté por la mañana, pero he cambiado tantas veces desde entonces...
-¿Qué quieres decir con eso? -preguntó, severa, la oruga-. ¿Explícate!
-Me temo no poder explicarme -contestó Alicia-, porque, como usted ve, no soy yo misma.

Lewis Carroll.
¿Quiénes somos?
¿Comó nos definimos?
¿Qué implica definirnos?
¿Acaso hay alguna pregunta más impertinente, más incomoda, más irrespondible que la pregunta acerca de quién soy/ quiénes somos?